La ficha que viaja
De la imaginación de Allison Colapietro · About 12 min aloud · A StoryBeam Original
For the grown-up reading alongUn juego de mesa con los mayores, un primo que se va al amanecer y una ficha que falta: este libro pone tres cosas ordinarias una al lado de la otra y deja que se toquen. El dominó enseña lo que enseña sin que nadie lo diga dos veces: que se juega con la mano que te ha tocado, que las fichas pesadas se sueltan pronto, y que decir "paso" en voz alta, cuando de verdad no hay nada que poner, es jugar bien y no perder. Allison gana la ronda contando puntos, no deseando fichas distintas, y el Abuelo celebra la derrota con la gorra al revés, que es la manera que tiene un abuelo de decir que la partida fue buena. La despedida en el muro se cuenta como lo que es en una familia de marineros: un día normal, con las dos manos en alto para que desde el barco se sepa quién eres. La tristeza del banco existe y se le da su rato. La ficha que viaja convierte la ausencia en una cuenta que la niña puede llevar ella sola: cuando haya veintiocho, ya volvió. Si en su casa alguien se va y vuelve por trabajo, este libro le da a su hijo o hija algo que contar mientras tanto.
The whole book is below, free to read together, with no account and no ads. It also lives in the Reading Nook, which remembers where you stopped.
La ficha que viaja, in full
El Abuelo salía a caminar por el malecón todas las mañanas a la misma hora, con la gorra puesta y las manos detrás de la espalda, y esa mañana la princesa Allison salió con él.
El malecón iba desde la casa hasta el puerto, con su muro largo y bajo, el mar de un lado y los botes del otro. El Abuelo saludaba a todo el mundo por su nombre y todo el mundo lo saludaba a él. A Allison le presentó a tres pescadores, un perro y una gaviota que, según él, ya se conocían.
Sobre el muro, en fila, había pelícanos, grandes y serios, que no saludaban a nadie.
"¿Y en tu tierra también hay pescadores?", preguntó Allison.
"En el Perú, donde yo nací, los pescadores salen al mar montados en un caballito de totora", dijo el Abuelo. "Un barquito hecho de juncos, con la punta levantada. Se sientan encima como quien monta a caballo, y vuelven a la playa sobre la ola".
Allison miró el mar un buen rato buscando uno.
En el puerto estaba el barco de Andreas, grande y quieto, con las banderas dormidas en lo alto.
"Se va mañana", dijo el Abuelo. "Al amanecer. Los barcos de la flota no esperan a nadie. Por eso yo estoy en el muro a la hora".
"¿Y hoy?"
"Hoy es de Andreas", dijo el Abuelo. "Y esta noche, dominó".
La mesa del dominó estaba debajo del limonero, y era la mesa más vieja del patio. Encima tenía una caja de madera con la tapa gastada de tanto abrirla.
"En esta mesa aprendió Andreas", dijo el Abuelo, "cuando era de tu tamaño. Y en esta mesa juega conmigo cada vez que vuelve". Abrió la caja. "Y yo no pierdo nunca".
"Esta noche juego yo", dijo Allison.
"Entonces hay que aprender antes de almorzar".
Volcó las fichas sobre la mesa. Eran blancas, con puntos negros, y al caer sonaron como la lluvia en un techo. Allison las puso boca arriba y las contó con el dedo, dos veces.
"Veintiocho", dijo.
"Hoy están todas", dijo el Abuelo, y no explicó qué quería decir con hoy.
Mac apareció sentada encima de la caja vacía, y nadie la había visto llegar. Dio dos golpecitos en la ficha del doble seis. Aprobada.
El dominó era fácil de entender y difícil de jugar bien.
Cada ficha tenía dos mitades, y cada mitad tenía puntos. Se ponían en fila sobre la mesa, tocándose, y una ficha nueva solo se podía poner en una de las dos puntas de la fila, donde los puntos fueran iguales: un tres junto a un tres, un cinco junto a un cinco. Ganaba el primero que se quedaba sin fichas, y lo decía en voz alta: 'dominó'.
"Y si no tienes ninguna que encaje", dijo el Abuelo, "dices 'paso'. Y no pasa nada, pues".
Allison aprendió a contar los puntos con el dedo. Aprendió que las fichas con las dos mitades iguales se llamaban dobles y se ponían atravesadas. Aprendió que el Abuelo, cuando iba a poner una ficha buena, se tocaba el bigote.
Jugaron tres partidas antes de almorzar. Allison perdió las tres.
En la tercera se quedó con el doble cinco y el doble cuatro en la mano, guardados para el final como dos tesoros, y el final llegó antes de que pudiera ponerlos.
"Los guardaba", dijo.
"Ya lo vi", dijo el Abuelo, contando los puntos de ella con mucho cuidado. "En el dominó se juega con lo que tienes, no con lo que quisieras tener. Las gordas primero, hijita. Que pesan".
Allison fue por una hoja y dibujó el plan para la noche: siete fichas en fila, las gordas primero, las pequeñas al final, y una flecha que iba desde la mesa hasta ella.
Andreas volvió del barco a mediodía, todavía de blanco, y se sentó a la mesa del limonero como si la silla llevara desde la primavera esperándolo. Miró el plan.
"Buen plan", dijo. "El Abuelo me lo enseñó a los nueve años y todavía me gana".
Le enseñó a Allison una cosa del barco: un nudo. Lo hizo en un pedazo de soga de las de verdad, gruesa y áspera, y se lo ató en la muñeca.
"Este no se suelta", dijo. "Por mucho que tires".
Allison tiró. No se soltó.
De noche, el patio se encendió con el farol y las fichas brillaron sobre la mesa.
Jugaban el Abuelo, Andreas y Allison. En medio de la mesa había una jarra de chicha morada, que el Abuelo hacía con maíz morado de verdad, y Allison bebió un vaso con mucha atención para ver si le dejaba la lengua morada. Se la dejó.
La Abuela miraba desde la puerta de la cocina, con un plato de algo. El Rey miraba desde su silla, con una taza, y no decía ni una palabra, porque el dominó no se comenta.
Allison jugó su plan. El doble seis primero, atravesado, en el centro de la mesa, porque el que tiene el doble seis sale, y esa noche lo tenía ella. Luego el doble cinco. Luego el seis cuatro. Las gordas iban saliendo de su mano y ella se iba quedando ligera.
El Abuelo se tocó el bigote dos veces.
Y entonces le tocó a ella, miró sus fichas, y no encajaba ninguna.
Ni una. Miró otra vez, por si acaso.
"Tengo que decir paso", dijo, y la voz se le fue un poco para abajo. Porque paso sonaba a perder, y el plan iba tan bien.
"Ya pues, dilo", dijo el Abuelo.
"Paso".
"Muy bien dicho, hijita". Puso su ficha. "Pasar no es perder. Pasar es esperar tu ficha. Todos los que estamos en esta mesa hemos pasado más veces que tú".
Andreas puso la suya. Y a la vuelta siguiente, también pasó.
"Paso", dijo Andreas, con las dos manos abiertas, y se rio.
Allison lo miró. Miró la fila de fichas sobre la mesa. Y se puso a contar puntos con el dedo, como le habían enseñado por la mañana.
Contó los seises que había en la mesa. Había cuatro. Contó los que tenía ella en la mano. Dos: el seis dos y el seis uno, las pequeñas, las que nunca le habían parecido un tesoro.
Se acordó de una cosa. Andreas había pasado justo cuando en una punta de la fila había quedado un seis.
"Andreas no tiene seises", dijo, muy bajito, para ella sola.
Cuando le tocó, puso el seis dos en esa punta. El Abuelo puso una ficha en la otra punta y se tocó el bigote, y Allison miró bien: otro seis. Andreas pasó otra vez.
Puso el seis uno. Se quedó con las manos vacías encima de la mesa.
"Me quedé sin fichas", dijo. Y después, como le habían enseñado: "Dominó".
El Abuelo miró la mesa un buen rato. Después se quitó la gorra y se la puso al revés.
"Eso solo lo hace cuando alguien le gana", dijo Andreas. "La última vez fui yo. A los nueve años".
El Abuelo la despertó cuando todavía era de noche. "Al muro", dijo. "A la hora".
Fueron todos: el Abuelo, Allison, el Rey, y la Abuela detrás con un pañuelo. Hacía frío, y el Abuelo le echó a Allison por encima un poncho de lana de alpaca, suave y a rayas. Lo había traído de las montañas de su tierra hacía muchos años, y abrigaba más que una manta. El cielo se puso gris, y luego rosa. En el puerto, el barco de Andreas ya tenía las banderas despiertas.
Se movió despacio, más despacio de lo que Allison creía que se movía un barco. Salió por la boca del puerto y empezó a hacerse pequeño.
"Papi, no lo veo", dijo Allison. El Rey la subió al muro sin decir nada y la sujetó por la cintura.
Desde la cubierta llegó un silbido, con dos dedos, que cruzó toda el agua.
El Abuelo levantó las dos manos y las movió. "Con las dos", le dijo a Allison. "Para que desde allí se sepa que eres tú".
Allison levantó las dos manos, con la soga en la muñeca, y las movió hasta que el barco fue solo un punto, y luego hasta que el punto también se fue.
Se sentaron en el banco del muro, que era el banco del Abuelo, y miraron el sitio donde había estado el barco. Allison no dijo nada un rato. El Abuelo tampoco. Eso estaba permitido.
"¿Cuándo vuelve?", preguntó Allison al fin.
"Cuando vuelva", dijo el Abuelo. "Y yo estaré en el muro a la hora. Ahora tú también sabes la hora".
"¿Y el mar de tu tierra es como este?"
"Más frío", dijo el Abuelo. "Y verde. Y con las montañas justo detrás, tan altas que el sol tardaba en llegar al agua. Los pelícanos son los mismos". Se quedó mirando el mar de ahora. "Este también me gusta. A este es al que vuelve mi hijo".
Volvieron a casa por el muro, despacio, saludando a todo el mundo por su nombre. El perro también estaba. La gaviota, según el Abuelo, era la misma.
La casa estaba callada de esa manera que tienen las casas cuando alguien acaba de irse.
Allison fue directo a la mesa del limonero y abrió la caja. Volcó las fichas, las puso boca arriba y las contó con el dedo, despacio, como le habían enseñado.
Veintisiete.
"Falta una", dijo. "Ayer estaban todas. ¿Dónde está?"
"Esa está de viaje", dijo el Abuelo, que había llegado detrás. Y como esta vez ella se quedó mirándolo, esperando, siguió. "Cada vez que Andreas se va, se lleva una ficha en el bolsillo. Y cada vez que vuelve, la pone en esta mesa antes de deshacer la bolsa. Desde su primer viaje".
"¿Cuál se llevó?"
"El doble seis". Al Abuelo se le rio el bigote. "Dijo que esta vez le hacía falta una que pesara".
Allison miró el hueco de la caja. Era del tamaño exacto de una ficha.
El Rey se sentó en la silla de Andreas, con su taza. La Abuela salió con un plato. Mac apareció en la rama del farol sin que nadie la viera subir.
"Cuando cuente veintiocho", dijo Allison, "es que ya volvió".
El Rey levantó la taza. El Abuelo puso una ficha en la mesa, y le tocaba a ella.
Story Steps
Story Steps
For after the story. Pick your size.
Words from the story
- ficha cada pieza blanca del dominó, con puntos en las dos mitades.
- malecón el muro largo y bajo junto al mar por donde camina el Abuelo.
- pelícanos pájaros grandes de mar con el pico muy largo, que se posan en fila.
- gorra el sombrero plano que el Abuelo se pone para caminar.
- nudo una lazada apretada en una soga, como la que Andreas ata en la muñeca.
- bigote el pelo sobre el labio del Abuelo, que se toca cuando va a poner una ficha buena.
Little · 3-5 Talk about it
-
Señala la ficha que Mac aprueba con dos golpecitos.
-
Enséñame cómo se saluda con las dos manos para que se sepa que eres tú.
-
Di en voz alta "paso", como Allison, cuando no tengas nada que poner.
Big · 6-8 Talk about it
-
¿Por qué pierde Allison las tres primeras partidas, aunque guarde sus mejores fichas?
-
¿Cómo descubre Allison que Andreas no tiene seises?
-
El Abuelo dice que pasar no es perder. ¿En qué se parece pasar a esperar?
One thing to do
- Little Cuenta los puntos de cinco fichas de dominó con el dedo, de una en una.
- Big Juega una partida de dominó con un adulto y di "paso" en voz alta cada vez que te toque esperar tu ficha.
