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La ficha que viaja

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For the grown-up reading along

Un juego de mesa con los mayores, un primo que se va al amanecer y una ficha que falta: este libro pone tres cosas ordinarias una al lado de la otra y deja que se toquen. El dominó enseña lo que enseña sin que nadie lo diga dos veces: que se juega con la mano que te ha tocado, que las fichas pesadas se sueltan pronto, y que decir "paso" en voz alta, cuando de verdad no hay nada que poner, es jugar bien y no perder. Allison gana la ronda contando puntos, no deseando fichas distintas, y el Abuelo celebra la derrota con la gorra al revés, que es la manera que tiene un abuelo de decir que la partida fue buena. La despedida en el muro se cuenta como lo que es en una familia de marineros: un día normal, con las dos manos en alto para que desde el barco se sepa quién eres. La tristeza del banco existe y se le da su rato. La ficha que viaja convierte la ausencia en una cuenta que la niña puede llevar ella sola: cuando haya veintiocho, ya volvió. Si en su casa alguien se va y vuelve por trabajo, este libro le da a su hijo o hija algo que contar mientras tanto.

La ficha que viaja, in full

El Abuelo salía a caminar por el malecón todas las mañanas a la misma hora, con la gorra puesta y las manos detrás de la espalda, y esa mañana la princesa Allison salió con él.

El malecón iba desde la casa hasta el puerto, con su muro largo y bajo, el mar de un lado y los botes del otro. El Abuelo saludaba a todo el mundo por su nombre y todo el mundo lo saludaba a él. A Allison le presentó a tres pescadores, un perro y una gaviota que, según él, era amiga suya.

Sobre el muro, en fila, había pelícanos, grandes y serios, que no saludaban a nadie.

"¿Y en tu tierra también hay pescadores?", preguntó Allison.

"En el Perú, donde yo nací, los pescadores salen al mar montados en un caballito de totora", dijo el Abuelo. "Un barquito hecho de juncos, con la punta levantada. Se sientan encima como quien monta a caballo, y vuelven a la playa sobre la ola".

Allison miró el mar un buen rato buscando uno.

En el puerto estaba el barco de Andreas, grande y quieto, con las banderas dormidas en lo alto.

"Se va mañana, al amanecer", dijo el Abuelo. "Lo despediremos desde el muro. Los barcos de la flota no esperan a nadie".

"¿Y hoy?"

"Hoy es de Andreas", dijo el Abuelo. "Y esta noche, dominó".

Amanece sobre un puerto pequeño. Por un malecón de piedra baja caminan el Abuelo, con gorra plana, bigote gris, camisa de lino clara y las manos detrás de la espalda, y la princesa Allison a su lado, con corona, vestido verde azulado y botas ocre, mirándolo. Sobre el muro hay una fila de pelícanos grandes y serios. En el agua, un barco grande de cuento con tres mástiles y banderas de colores, y un pescador de gorro azul saluda desde su bote. Gaviotas en el cielo rosado.
"Los barcos de la flota no esperan a nadie".

La mesa del dominó estaba debajo del limonero, y era la mesa más vieja del patio. Encima tenía una caja de madera con la tapa gastada de tanto abrirla.

"En esta mesa aprendió Andreas", dijo el Abuelo, "cuando era poco más grande que tú. Y en esta mesa juega conmigo cada vez que vuelve". Abrió la caja. "Y yo no pierdo nunca".

"Esta noche juego yo", dijo Allison.

"Entonces hay que aprender antes de almorzar".

Volcó las fichas sobre la mesa. Eran blancas, con puntos negros, y al caer sonaron como la lluvia en un techo. Allison las puso boca arriba y las contó con el dedo, dos veces.

"Veintiocho", dijo.

"Hoy están todas", dijo el Abuelo, y no explicó qué quería decir con hoy.

Mac apareció sentada encima de la caja vacía, y nadie la había visto llegar. Dio dos golpecitos en la ficha del doble seis. Aprobada.

El dominó era fácil de entender y difícil de jugar bien.

Cada ficha tenía dos mitades, y cada mitad tenía puntos o estaba en blanco. Se ponían en fila sobre la mesa, tocándose. Una ficha nueva solo podía ir en una de las dos puntas de la fila, y solo donde los puntos fueran iguales: un tres junto a un tres, un cinco junto a un cinco. Ganaba el primero que se quedaba sin fichas, y lo decía en voz alta: 'dominó'.

"Y si no tienes ninguna que encaje", dijo el Abuelo, "dices 'paso'. Y no pasa nada, pues".

Allison aprendió a contar los puntos con el dedo. Aprendió que las fichas con las dos mitades iguales se llamaban dobles y se ponían atravesadas. Aprendió que el Abuelo, cuando iba a poner una ficha buena, se tocaba el bigote.

Jugaron tres partidas antes de almorzar. Allison perdió las tres.

En la tercera se quedó con el doble cinco y el doble cuatro en la mano, guardados para el final como dos tesoros, y el final llegó antes de que pudiera ponerlos.

"Los guardaba", dijo.

"Ya lo vi", dijo el Abuelo, contando los puntos de ella con mucho cuidado. "En el dominó se juega con lo que tienes, no con lo que quisieras tener. Las gordas primero, hijita. Que pesan".

Bajo un limonero cargado de limones, en un patio de baldosas de barro, la princesa Allison, de rodillas sobre su silla, cuenta con un dedo los puntos de una fila de fichas blancas de dominó y guarda dos fichas en la otra mano. Frente a ella, el Abuelo, sentado, se toca el bigote con una sonrisa paciente. Mac duerme con la cabeza apoyada en la caja de madera abierta, y el mar brilla al fondo.
"Las gordas primero, hijita. Que pesan".

Allison fue por una hoja y dibujó el plan para la noche: siete fichas en fila, las gordas primero, las pequeñas al final, y una flecha de su mano a la mesa.

Andreas volvió del barco a mediodía, todavía de blanco, y se sentó a la mesa del limonero como si la silla llevara desde la primavera esperándolo. Miró el plan.

"Buen plan", dijo. "El Abuelo me lo enseñó a los nueve años y todavía me gana".

Le enseñó a Allison una cosa del barco: un nudo. Lo hizo en un pedazo de soga de las de verdad, gruesa y áspera, y se lo ató en la muñeca.

"Este no se suelta", dijo. "Por mucho que tires".

Allison tiró. No se soltó.

De noche, el patio se encendió con el farol y las fichas brillaron sobre la mesa.

Jugaban el Abuelo, Andreas y Allison. En medio de la mesa había una jarra de chicha morada, que el Abuelo hacía con maíz morado de verdad, y Allison bebió un vaso con mucha atención para ver si le dejaba la lengua morada. Se la dejó.

La Abuela miraba desde la puerta de la cocina, con un plato de algo. El Rey miraba desde su silla, con una taza, y no decía ni una palabra, porque el dominó no se comenta.

Allison empezó con el doble seis, atravesado, en el centro de la mesa, porque el que tiene el doble seis sale, y esa noche lo tenía ella. Después esperó su turno y miró las puntas de la fila. Cuando apareció un cinco pudo poner el doble cinco, y más adelante encontró sitio para el seis cuatro. Las gordas iban saliendo de su mano y ella se iba quedando ligera.

El Abuelo se tocó el bigote dos veces.

Y entonces le tocó a ella, miró sus fichas, y no encajaba ninguna.

Ni una. Miró otra vez, por si acaso.

"Tengo que decir paso", dijo, y la voz se le fue un poco para abajo. Porque paso sonaba a perder, y el plan iba tan bien.

De noche, bajo el limonero y un farol encendido, tres jugadores rodean la mesa de madera: el Abuelo, que se toca el bigote; Andreas, vestido de blanco y sonriente, con sus fichas en las manos; y la princesa Allison, con su corona, que sostiene sus fichas y sonríe. Entre ellos serpentea una fila de fichas blancas con puntos negros, y en el centro hay una jarra de chicha morada con un vaso. A un lado, el Rey, con su túnica azul y su corona, mira con una taza en la mano. La Abuela observa desde la puerta iluminada de la cocina con un plato, y Mac duerme debajo de la mesa.
Y entonces le tocó a ella, miró sus fichas, y no encajaba ninguna.

"Ya pues, dilo", dijo el Abuelo.

"Paso".

"Muy bien dicho, hijita". Puso su ficha. "Pasar no es perder. Pasar es esperar tu ficha. Todos los que estamos en esta mesa hemos pasado más veces que tú".

Andreas puso la suya. A la vuelta siguiente, Allison volvió a pasar, y esta vez la voz no se le fue para abajo. El Abuelo puso otra ficha. Y entonces, a Andreas tampoco le encajaba ninguna.

"Paso", dijo Andreas, con las dos manos abiertas, y se rio.

Allison lo miró. Miró la fila de fichas sobre la mesa. Y empezó a contar con el dedo.

Contó con el dedo las fichas de la mesa que tenían un seis: una, dos, tres, cuatro. Contó las de su mano. Dos: el seis dos y el seis uno, las pequeñas, las que nunca le habían parecido un tesoro. Cuatro y dos, seis. Y en la caja entera había siete.

Miró las dos puntas de la fila: un seis y un tres. Andreas acababa de pasar sin poder jugar en ninguna.

"Andreas no tiene seises", dijo, muy bajito, para ella sola.

Cuando le tocó, puso el seis dos junto al seis. En esa punta quedó un dos. El Abuelo puso el tres seis en la otra punta, el séptimo, y se tocó el bigote. Ahora había un seis otra vez. Andreas pasó.

Allison puso el seis uno junto al seis que acababa de dejar el Abuelo. Se quedó con las manos vacías encima de la mesa.

"Me quedé sin fichas", dijo. Y después, en voz alta, como le habían enseñado: "¡Dominó!"

El Abuelo miró la mesa un buen rato. Después se quitó la gorra y se la puso al revés.

"Eso solo lo hace cuando alguien le gana", dijo Andreas. "La última vez fui yo. A los nueve años".

El Abuelo la despertó cuando todavía era de noche. "Al muro", dijo. "A la hora".

Fueron todos: el Abuelo, Allison, el Rey, y la Abuela detrás con un pañuelo. Hacía frío, y el Abuelo le echó a Allison por encima un poncho de lana de alpaca, suave y a rayas. Lo había traído de las montañas de su tierra hacía muchos años. El cielo se puso gris, y luego rosa. En el puerto, el barco de Andreas ya tenía las banderas despiertas.

Se movió despacio, más despacio de lo que Allison creía que se movía un barco. Salió por la boca del puerto y empezó a hacerse pequeño.

"Papi, no lo veo", dijo Allison. El Rey la subió al muro sin decir nada y la sujetó por la cintura.

Desde la cubierta llegó un silbido, con dos dedos, que cruzó toda el agua.

El Abuelo levantó las dos manos y las movió. "Con las dos", le dijo a Allison. "Para que desde allí se sepa que eres tú".

Allison levantó una mano, después la otra, con la soga en la muñeca, y las movió hasta que el barco fue solo un punto, y luego hasta que el punto también se fue.

Al amanecer, en el malecón, la princesa Allison, de pie sobre el muro bajo con un poncho a rayas sobre el vestido y la pulsera de soga en la muñeca, levanta un brazo y saluda a un barco de banderas que se aleja por la boca del puerto. El Rey, con su corona y su túnica azul, la sujeta por la cintura con las dos manos. Junto a ellos, el Abuelo, con gorra, saluda con las dos manos, y la Abuela, un paso atrás, sostiene un pañuelo. Gaviotas vuelan sobre el cielo rosado.
"Papi, no lo veo", dijo Allison. El Rey la subió al muro sin decir nada y la sujetó por la cintura.

Se sentaron en el banco del muro, que era el banco del Abuelo, y miraron el lugar donde había estado el barco. Allison no dijo nada un rato. El Abuelo tampoco. Eso estaba permitido. Después Allison tiró del nudo que tenía en la muñeca. No se soltó.

"¿Cuándo vuelve?", preguntó Allison al fin.

"Todavía no sabemos el día", dijo el Abuelo. "Pero voy a preguntar en el puerto todas las mañanas. Cuando avisen, estaremos en el muro a la hora".

"¿Y el mar de tu tierra es como este?"

"Más frío", dijo el Abuelo. "Y verde. Y con las montañas justo detrás, tan altas que el sol tardaba en llegar al agua. Los pelícanos son los mismos". Se quedó mirando el mar de ahora. "Este también me gusta. A este es al que vuelve mi hijo".

Volvieron a casa por el muro, despacio, saludando a todo el mundo por su nombre. El perro también estaba. La gaviota, según el Abuelo, era la misma.

La casa estaba callada de esa manera que tienen las casas cuando alguien acaba de irse.

Allison fue directo a la mesa del limonero y abrió la caja. Volcó las fichas, las puso boca arriba y las contó con el dedo, dos veces.

Veintisiete.

"Falta una", dijo. "Ayer estaban todas. ¿Dónde está?"

"Esa está de viaje", dijo el Abuelo, que había llegado detrás. Y como esta vez ella se quedó mirándolo, esperando, siguió. "Cada vez que Andreas se va, se lleva una ficha en el bolsillo. Y cada vez que vuelve, la pone en esta mesa antes de deshacer la bolsa. Desde su primer viaje".

"¿Cuál se llevó?"

"El doble seis". Al Abuelo se le rio el bigote. "Dijo que esta vez le hacía falta una que pesara".

Allison apartó unas fichas con la mano y dejó un hueco en medio de la mesa, justo del tamaño del doble seis.

El Rey se sentó en la silla de Andreas, con su taza. La Abuela salió con un plato. Mac apareció en la rama del farol sin que nadie la viera subir.

"Cuando cuente veintiocho", dijo Allison, "es que ya volvió".

El Rey levantó la taza. El Abuelo puso una ficha en la mesa. Le tocaba a ella.

Por la mañana, en el patio, la princesa Allison cuenta con un dedo las fichas blancas de dominó extendidas boca arriba sobre la mesa vieja, junto a la caja de madera abierta. El Abuelo, de pie detrás de su silla, apoya una mano en el respaldo; el Rey, sentado a la mesa con una taza, la mira; y la Abuela sale de la puerta azul de la cocina con un plato. Mac descansa en la rama del limonero, encima del farol, y el mar asoma detrás.
"Cuando cuente veintiocho", dijo Allison, "es que ya volvió".

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Words from the story

  • ficha cada pieza blanca del dominó, con puntos en las dos mitades.
  • malecón el muro largo y bajo junto al mar por donde camina el Abuelo.
  • pelícanos pájaros grandes de mar con el pico muy largo, que se posan en fila.
  • gorra el sombrero plano que el Abuelo se pone para caminar.
  • nudo una lazada apretada en una soga, como la que Andreas ata en la muñeca.
  • bigote el pelo sobre el labio del Abuelo, que se toca cuando va a poner una ficha buena.

Little · 3-5 Talk about it

  • Señala la ficha que Mac aprueba con dos golpecitos.

  • Enséñame cómo se saluda con las dos manos para que se sepa que eres tú.

  • Di en voz alta "paso", como Allison, cuando no tengas nada que poner.

Big · 6-8 Talk about it

  • ¿Por qué pierde Allison las tres primeras partidas, aunque guarde sus mejores fichas?

  • ¿Cómo descubre Allison que Andreas no tiene seises?

  • El Abuelo dice que pasar no es perder. ¿En qué se parece pasar a esperar?

One thing to do

  • Little Cuenta los puntos de cinco fichas de dominó con el dedo, de una en una.
  • Big Juega una partida de dominó con un adulto y di "paso" en voz alta cada vez que te toque esperar tu ficha.

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