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La olla que no se deja sola

De la imaginación de Allison Colapietro · About 12 min aloud · A StoryBeam Original

For the grown-up reading alongEste libro trata de una cosa muy concreta que casi todos los niños conocen: querer hacer algo importante uno mismo, y descubrir que lo importante no era la parte grande sino la parte de quedarse. Allison quiere una olla del tamaño de un barco; la Abuela la reduce a dos puñados sin reducir a la niña, y le da las dos únicas reglas de la olla. Cuando la primera se pega, la respuesta es "hay más leche", y el libro deja que la vergüenza de Allison exista un momento sin convertirla en castigo. El arreglo es suyo y está a su medida: voltea el banquito y pide al Abuelo que sea sus ojos, que es una manera de ser responsable de la propia distracción. El fuego y cada olla caliente son de la Abuela de principio a fin; la parte de Allison es el limón, la cuchara y la canela. Andreas es marinero y vuelve a casa como vuelven los marineros, en un día normal, con el silbido de siempre y un plato esperándolo en la ventana. Si en su casa hay una receta que "sabe cuándo la dejan sola", este libro ya la conoce.

The whole book is below, free to read together, with no account and no ads. It also lives in the Reading Nook, which remembers where you stopped.

La olla que no se deja sola, in full

El camino al sur duró dos días y una canción muy larga que el Rey se fue inventando por el camino y que no terminaba nunca.

Al final del segundo día, el camino bajó una cuesta y se acabó en una casa blanca con la puerta azul y dos mecedoras en el corredor, que se mecían solas con el viento. Detrás de la casa había un patio, y en el patio un limonero, y detrás del limonero, el mar, tan grande que no cabía en una sola mirada.

En la puerta azul esperaba la Abuela, con el delantal puesto y los brazos abiertos desde antes de que pararan.

"¡Mi cielo!", dijo, y la princesa Allison se metió en el abrazo hasta el fondo. La Abuela olía a canela y a limón, y un poco a mar, como todo allí.

Mac ya estaba en el limonero. Nadie la había visto llegar, ni subir, ni cruzar dos días de camino. Solo estaba, en una rama alta, con la cola colgando.

Bajó de un salto y dio dos golpecitos con su pata enorme en el zapato de la Abuela. Aprobado.

Al final de un camino de tierra, una casa blanca con la puerta azul y una mecedora en el corredor. La Abuela, con el pelo plateado recogido, vestido de flores, delantal y chaqueta ocre, espera en la puerta con los brazos abiertos. La princesa Allison corre hacia ella con los brazos extendidos, y el Rey, con su túnica azul y su corona, camina un paso detrás con dos bolsas de viaje. Mac descansa en una rama alta del limonero cargado de limones, con la cola colgando, y el mar asoma detrás.
En la puerta azul esperaba la Abuela, con el delantal puesto y los brazos abiertos desde antes de que pararan.

La cocina era la habitación más importante de la casa, y se notaba. Tenía la ventana más grande, que daba al mar, y la mesa más gastada, y un olor que ya estaba ahí antes de que nadie cocinara nada.

"El barco de Andreas llega mañana", dijo la Abuela, poniendo tazas de pinolillo, espeso y de color tierra, que había que menear todo el tiempo para que el fondo no se quedara con lo mejor. "O eso dice el puerto".

Andreas era el primo de Allison, el hijo de la Abuela y del Abuelo, y era marinero. Estaba en el mar desde la primavera, en un barco grande de la flota con banderas en lo alto. Sabía silbar con dos dedos, y una vez había cruzado la playa entera con Allison en los hombros sin cansarse.

"¿Y cómo sabe Andreas que ya llegó a casa?", preguntó Allison.

"Cuando Andreas era chico", dijo la Abuela, "cada vez que volvía de algún sitio, encontraba arroz con leche esperándolo en la ventana. Así sabía que había llegado".

Allison miró la ventana. Miró el mar. Miró a la Abuela.

"Esta vez lo hago yo", dijo.

"Dale pues", dijo la Abuela. "Lo hacemos. El fuego es mío".

Allison corrió por una hoja y dibujó el plan: una olla enorme, tan grande como un barco, y dentro arroz con leche para todos los marineros de la flota.

La Abuela lo miró un buen rato, con la cabeza ladeada.

"Para el barco entero haría falta el mar", dijo. "Para Andreas, dos puñados de arroz. Empezá por Andreas".

Dos puñados de arroz, medidos con la mano de la Abuela, que era la medida de aquella cocina. Leche hasta una marca que solo ella veía. Una raja de canela y dos clavitos de olor, que era como los ponía la mamá de la Abuela, hacía mucho tiempo, en una cocina muy lejos de allí.

"Y esto es tuyo", dijo la Abuela, y señaló el limonero por la ventana. "Andá".

Allison salió al patio, eligió el limón más amarillo, el que Mac llevaba un rato mirando, y volvió con él en las dos manos. La Abuela le quitó una tira de cáscara en un solo rizo largo y la echó a la olla.

Después vino el banquito, y la cuchara de madera, que era más larga que el brazo de Allison.

"Lo dulce se hace despacio", dijo la Abuela. "Se menea así, todo el tiempo, sin prisa". Le llevó la mano una vuelta entera y la soltó. "Y el que menea no se va. Esas son las dos reglas de esta olla".

"¿Cuánto tiempo?"

"Hasta que esté".

Allison meneó. La cuchara dio la vuelta a la olla, despacio, y la leche giró detrás.

En la cocina, con la ventana grande llena de mar, la princesa Allison está subida a un banquito y menea la olla con la cuchara de madera, con la lengua fuera de tanta concentración. La Abuela, muy cerca, le apoya una mano en el hombro y sostiene una raja de canela en la otra. Un rizo largo de cáscara de limón y un limón descansan sobre la mesa de madera, Mac mira desde la ventana y la llama del fogón es pequeña y azul.
"Lo dulce se hace despacio", dijo la Abuela.

Meneó mientras el sol subía por la ventana. Meneó mientras el Rey y el Abuelo arreglaban la bisagra de la puerta azul en el patio, con mucho hablar y poco martillo.

El Abuelo tenía el bigote más ordenado de todo el sur. Cada mañana bajaba al puerto a preguntar por el barco, y cada mañana volvía diciendo "mañana". Esa mañana había vuelto y había dicho "hoy".

"Hoy", repitió desde el patio, por si alguien no lo había oído. "Antes de que se ponga el sol".

El olor cambió. Primero era leche. Luego era leche con canela. Luego era algo que solo pasa en las cocinas de las abuelas, y Allison no tenía palabra para eso.

"Ya huele a que viene alguien", dijo la Abuela desde la mesa, sin mirar, pelando plátanos.

"Abuela, ¿tu mamá también lo hacía mirando el mar?"

"Mirando el lago", dijo la Abuela. "En Nicaragua, donde yo nací, hay un lago tan grande que tiene olas y le dicen mar, y en medio una isla con dos volcanes. Ella meneaba mirando el lago. Yo meneo mirando el mar. Es la misma olla".

Allison contó las vueltas hasta cien. Se le olvidó el número y volvió a empezar, y no le importó.

Por la ventana, muy lejos, el mar hacía su brillo. Y en el brillo apareció una vela.

"¡Un barco!"

Allison se bajó del banquito con la cuchara en la mano y corrió a la ventana. La vela subía por la boca del puerto, pequeña y blanca. Se puso de puntitas. Contó las banderas. No había banderas.

"Es el de los pescadores", dijo la Abuela. "Andreas viene con banderas, mi cielo".

Allison se dio la vuelta.

El olor había cambiado otra vez. Ahora tenía un borde oscuro, como de humo.

La Abuela ya estaba en el fuego. Apartó la olla con un trapo, sin prisa, y la puso en la piedra fría. Metió una cuchara limpia, probó, y torció la boca.

"Se pegó", dijo. "Sabe a humo desde el fondo hasta arriba".

A Allison se le puso la cara caliente. "Solo fue un momento".

"El arroz sabe cuándo lo dejan solo", dijo la Abuela. "Siempre lo ha sabido. No lo hace por maldad, es su manera de ser".

"¿Se acabó?"

"Se acabó esta olla". La Abuela abrió la alacena. "Hay más leche".

La princesa Allison, de puntillas en el banquito junto a la ventana abierta, sujeta todavía la cuchara de madera y mira sonriendo un velero pequeño y blanco en la boca del puerto. Detrás, la Abuela, tranquila, retira la olla del fuego con un trapo mientras un hilo fino de humo sube de ella. Mac, sentada en el suelo de baldosas, levanta la cabeza.
"El arroz sabe cuándo lo dejan solo", dijo la Abuela.

La segunda olla empezó igual: dos puñados, la leche hasta la marca, la canela. Allison fue por otro limón y volvió con dos, por si acaso.

Pero antes de subirse al banquito, hizo una cosa.

Lo volteó. Lo puso de espaldas a la ventana, mirando a la pared, donde solo había un azulejo con un pez.

"Así no veo el mar", dijo.

Después se asomó al patio. "Abuelo. ¿Tú puedes mirar el mar por mí?"

El Abuelo dejó el martillo, que tampoco estaba usando mucho, y llevó su silla a la ventana de la cocina. Se sentó con el periódico y el mar delante.

"Yo aviso", dijo.

Allison se subió al banquito, de espaldas a todo, y meneó.

Esta vez no se fue.

Meneó mientras el Abuelo pasaba las hojas del periódico. Meneó mientras el Rey se apoyaba en el marco de la puerta con una taza, mirándola, sin decir nada, porque no hacía falta.

Cuando el arroz estuvo blando, la Abuela echó el azúcar, que en aquella cocina entraba siempre al final. Allison siguió meneando. La cuchara empezó a dejar un camino en la olla que se cerraba despacio detrás de ella.

"Cuando el camino tarda en cerrarse", dijo la Abuela, "está".

Allison miró el camino. Tardó. Miró a la Abuela.

"Ahora", dijo la Abuela, y apartó la olla del fuego.

A Allison le tocaba la última parte, que era la mejor: la canela molida por encima, en una lluvia fina, de punta a punta.

La Abuela pasó el arroz al platón y lo puso en la ventana, a enfriarse, con el mar detrás. El Abuelo movió el periódico para hacerle espacio.

Andreas llegó cuando el sol tocaba el agua.

Primero llegó el silbido, con dos dedos, desde la esquina de la calle. Después llegó él, vestido de blanco, con la bolsa de marinero al hombro y la gorra en la mano.

Allison salió disparada por la puerta azul, que ya no chirriaba, y Andreas la recogió del aire y la subió a sus hombros de una sola vez, como si no hubieran pasado la primavera y el verano enteros. Olía a sal y a soga.

En la puerta de la cocina se paró. Levantó la nariz.

"Arroz con leche", dijo.

"Lo hice yo", dijo Allison desde arriba. "Con la Abuela. La primera olla se quemó".

"La mejor siempre es la segunda", dijo Andreas. "En el barco también".

La Abuela lo abrazó por la cintura, porque más arriba no llegaba, con Allison encima de todo.

Al atardecer, junto a la puerta azul, Andreas, un marinero joven vestido de blanco con una bolsa de lona al hombro y la gorra en la mano, lleva a la princesa Allison sobre los hombros; ella se agarra a su pelo, encantada. La Abuela sonríe desde la puerta secándose las manos con un trapo, y en la repisa de la ventana de la cocina espera un platón de arroz con leche. Un farol de pared brilla y un limonero en maceta asoma a un lado.
"La mejor siempre es la segunda", dijo Andreas.

Cenaron en el patio, bajo el limonero, con un farol colgado de la rama de Mac, alto, lejos de todo. Hubo gallo pinto, que es arroz y frijoles hechos amigos, y plátano frito, y queso, y después, en el platón de la ventana, el arroz con leche.

Andreas se comió dos platos de arroz con leche y raspó el segundo hasta que el plato sonó. El Rey se comió uno despacio, mirando a su hija por encima de la cuchara. El Abuelo dijo que el suyo sabía a antes, y nadie le preguntó antes de qué, porque todos lo sabían.

"¿Cómo es el mar por la noche?", preguntó Allison, que era lo que llevaba todo el día queriendo preguntar.

Andreas lo pensó con la cuchara en la boca.

"Grande", dijo. "Y oscuro. Y desde muy lejos, si el viento viene de tierra, huele a canela".

Allison no se lo creyó del todo. Pero se lo guardó.

La Abuela le había hecho la cama en el cuarto de la ventana, para que el mar fuera lo último y lo primero.

Allison se metió entre las sábanas con su pijama de color crema, y la Abuela se sentó en el borde, con las manos que olían a limón, y le apartó el pelo de la frente.

"Mañana hago otra", dijo Allison. "De espaldas al mar".

"Mañana la hacés vos, chavala", dijo la Abuela. "Yo pongo el fuego y miro".

El Rey estaba en la puerta, con el hombro en el marco.

"Papi", dijo Allison, ya casi dormida, "el arroz sabe cuándo lo dejan solo".

El Rey asintió, en la puerta, sin decir nada, con todo el tiempo del mundo.

Abajo, en la cocina, el platón vacío seguía en la ventana. Y en toda la casa, hasta en el cuarto más lejano, olía a que alguien había llegado.

Un dormitorio encalado de noche, con una ventana en arco abierta a un mar oscuro y a unas luces lejanas del puerto. La princesa Allison, en pijama de color crema y sin corona, sonríe con los ojos casi cerrados mientras la Abuela, sentada en el borde de la cama, le aparta el pelo de la frente. El Rey observa desde la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa, y Mac duerme enroscada en un cuadrado pálido de luz de luna sobre el suelo.
Y en toda la casa, hasta en el cuarto más lejano, olía a que alguien había llegado.

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Words from the story

  • olla la vasija honda donde se cocina el arroz con leche.
  • cuchara el utensilio largo de madera con el que se menea la olla.
  • canela una especia dulce, en raja o molida, que perfuma la olla.
  • limonero el árbol del patio que da limones.
  • delantal la prenda que la Abuela se pone encima para cocinar.
  • marinero una persona que trabaja en un barco, como Andreas.

Little · 3-5 Talk about it

  • Señala la ventana donde el arroz con leche espera a Andreas.

  • Enséñame cómo menea Allison la olla, despacio y sin parar.

  • Di una cosa que huela a que alguien ha llegado a casa.

Big · 6-8 Talk about it

  • ¿Por qué la Abuela cambia la olla del tamaño de un barco por dos puñados de arroz?

  • ¿Qué hace Allison distinto en la segunda olla, y por qué funciona?

  • Cuando la primera olla se pega, la Abuela dice "hay más leche". ¿Qué le está enseñando a Allison?

One thing to do

  • Little Dibuja la olla de Allison y pon al lado a alguien que mire el mar por ti.
  • Big Cocina con un adulto algo que se haga despacio y quédate al lado hasta que esté; después cuenta cuántas vueltas diste.

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